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Cuando el ciberriesgo se convierte en una decisión directiva

Cuando el ciberriesgo se convierte en una decisión directiva

Cuando todo funciona es fácil confundir inversión en tecnología con control del riesgo. La sensación es que ya hacemos bastante. El problema aparece cuando, sin embargo, es necesario decidir sin margen y sin manual.

Durante muchos años, el ciberriesgo se ha percibido como una cuestión técnica. Un ámbito delegable, gestionable desde IT, a menudo alejado del centro de la toma de decisiones.

Esta lectura, hoy, ya no es suficiente.

El cambio relevante no es solo el incremento de los incidentes digitales,  sino lo que ocurre cuando se producen. Cuando un incidente es grave, su impacto no se limita a la tecnología. Afecta directamente a la continuidad del negocio, a la reputación y, sobre todo, a la capacidad real de la dirección para decidir bajo presión.

Es aquí donde el ciberriesgo deja de ser un problema técnico y se convierte en una cuestión de gobernanza.

El falso confort de la delegación

Muchas organizaciones operan bajo un supuesto implícito: si la tecnología está bien gestionada, el riesgo está controlado.

Este supuesto confunde dos dimensiones distintas.

Gestionar sistemas no es lo mismo que asumir riesgo empresarial. El ciberriesgo no se materializa porque alguien no sepa lo suficiente, sino porque el momento crítico exige decisiones que no se han pensado previamente.

Cuando todo funciona, esta diferencia no se percibe. Cuando todo falla, se hace evidente.

En este sentido, delegar completamente el riesgo digital es una forma de confort. Funciona mientras no pasa nada. Pero no prepara para el momento en el que hay que decidir rápido, con información incompleta y con consecuencias reales.

Cuando el incidente destapa el vacío de criterio

Los primeros momentos de un incidente digital grave no son, principalmente, técnicos. Son directivos.

Aparecen preguntas que no tienen una respuesta preparada:

  • hasta dónde se detiene la actividad,
  • qué se comunica y a quién,
  • qué riesgos se aceptan para retomar la operativa,
  • qué consecuencias se asumen a corto y medio plazo.

Sin un criterio previo, la dirección entra en modo reacción. Y reaccionar no es lo mismo que decidir.

La tecnología puede recuperarse. Lo que cuesta más reconstruir es el marco de decisión cuando este no existe.

El coste invisible que no aparece en los balances

Más allá de las pérdidas económicas directas, existe un coste menos visible pero determinante:

  • la erosión de la confianza,
  • la tensión interna en los equipos,
  • el bloqueo temporal del liderazgo.

Este coste no aparece de forma inmediata en los números, pero condiciona el futuro de la organización. Afecta a cómo se toman las decisiones después del incidente y a cómo se percibe la solidez de la dirección, tanto interna como externamente.

Cuando una empresa vive un ciberincidente grave, el relato interno cambia. Y no siempre cambia a favor.

Decidir antes, no durante

El verdadero problema no es el ataque. Es llegar a él sin haber pensado antes qué se hará cuando ocurra.

Anticipar el ciberriesgo no es solo invertir en tecnología o contratar servicios especializados. Es definir criterios. Es decidir con antelación qué es asumible y qué no. Es establecer límites claros para que, cuando llegue el momento, la dirección no tenga que improvisar.

En este punto, el ciberseguro desempeña un papel que a menudo se entiende mal. No es solo una cobertura económica. Es una herramienta que aporta estructura, orden y apoyo en un momento de máxima incertidumbre. No elimina el riesgo, pero ayuda a gobernarlo.

El ciberriesgo como prueba de liderazgo

En un entorno cada vez más digital, el ciberriesgo se ha convertido en una prueba silenciosa de liderazgo. No porque ponga a prueba los conocimientos técnicos de la dirección, sino porque expone su capacidad para decidir cuando no hay manual.

Las organizaciones más resilientes no son las que no sufren incidentes, sino las que han pensado antes cómo los afrontarán. Las que entienden que el riesgo digital no puede delegarse por completo, porque forma parte del núcleo mismo del negocio.

Quizá la pregunta clave ya no sea si una empresa está suficientemente protegida desde el punto de vista tecnológico, sino si está preparada, como dirección, para decidir cuando la tecnología falla.